Conocí de Dios cuando tenía como 14 años. Recuerdo que todo empezó en el Campo 114, en una bodega muy sencilla… cada jueves pasaba un camión por nosotros, y sin saberlo, ahí estaba comenzando algo que iba a marcar mi vida.
Yo era el único de mi familia que iba. Mis padres no entendían mucho esto, venían con otra mentalidad… y la verdad, no era fácil. Pero cada jueves, al final del servicio, daban un pan o algo de merienda… y yo tomaba uno o dos para llevárselos a ellos. Era algo pequeño, pero para mí significaba mucho… era mi manera de decirles, sin palabras: “quiero que también conozcan esto”.
Pasó el tiempo… y poco a poco Dios empezó a tocar sus corazones. Hasta que un día, ellos también decidieron acercarse. Y yo no puedo explicar lo que sentí… ver a mis padres rendirse a Dios fue algo que me quebró por dentro. Ahí entendí que Dios sí escucha, que Dios sí obra… y que incluso puede usar a alguien como yo.
Pero siendo honesto… aunque yo estaba cerca de la iglesia, mi corazón estaba lejos de Dios.
Empecé a meterme en cosas que sabía que no estaban bien. Probé las drogas… el alcohol se volvió algo constante… y poco a poco fui perdiéndome. Por fuera tal vez parecía que todo estaba normal, pero por dentro… yo ya no estaba bien.
Hubo un tiempo en el que viví con depresión y ansiedad por varios años. Y lo peor es que mi escape era lo mismo que me estaba destruyendo. Me sentía vacío… cansado… atrapado… como si no pudiera salir de eso.
Y aun así… yo seguía yendo a la iglesia. Incluso tocaba. Pero no era real. No había pasión, no había entrega… solo estaba ahí, físicamente, pero por dentro estaba roto.
Hasta que llegó un momento donde ya no pude más.
Dios puso a una persona en mi camino, un mentor que hablaba basado en la Biblia… y ahí fue donde recibí un golpe de realidad. Fue incómodo, fue fuerte… pero fue necesario. Por primera vez dejé de huir… y empecé a ver en lo que me había convertido.
Y ahí… en medio de todo eso… Dios me encontró de verdad.
No fue de un día para otro, pero fue real. Dios empezó a sacarme poco a poco… a sanar mi mente, mi corazón… a romper cadenas que yo pensaba que nunca iba a poder dejar.
Y hoy… hoy estoy aquí.
No porque sea perfecto… no porque todo esté resuelto… sino porque Dios fue más grande que todo lo que yo estaba viviendo.
Hoy tengo el valor de pararme aquí y decirlo: Dios sí transforma. Dios sí levanta. Dios sí rescata.
Y si alguien aquí se siente como yo me sentía… perdido, vacío, sin salida… yo quiero decirte algo desde el corazón:
Dios no se ha olvidado de ti. Y así como me levantó a mí… también lo puede hacer contigo.